cosas que a una le pasan

En la empresa en la que doy clases me permiten estacionar el coche en una parte de la planta que está inhabilitada. Hay spots privilegiados. Mi favorito es una esquina en donde hay una fila de lockers y muebles de oficina viejos y arrumbados. Cuando no hay lugar ahí, tengo que inventarme uno al lado de las máquinas y rollos de telas, normalmente al fondo de un pasillo de unos 30 metros. 

El sábado estaba cruzando este pasillo de reversa y estaba por llegar a mi lugar. El último movimiento que tenía que hacer era girar un cuarto el volante para esquivar un coche que estaba a la derecha y un tablero de una máquina que estaba a la izquierda. En eso se paró uno de los vendedores más viejos de la empresa, un español que vive en México desde hace unos 20 años y del cual me habían hablado. 

    — oye, hermosa, ¿por qué no dejas que el chico lo estacione?


    (nunca he podido distinguir si ese tipo de comentarios son una manera muy zonza de ser cortés o son un insulto con disfraz)

    — no se preocupe, yo puedo, gracias. 

    — no, hombre, en verdad, déjalo que lo haga. 

   (ni el chico que casualmente iba pasando y que claramente su trabajo no era estacionar coches ni yo supimos      cómo reaccionar, así que para terminar con la insistencia y la incomodidad del momento, le cedí el coche)

    — ¿veis? solo tienes que pedir ayuda. Ándate, hermosa. 


El chico y yo nos miramos sin entender qué había pasado y partimos a nuestras otras actividades. 

Yo no pude dejar de pensar que había sido como un eco de una risotada de la historia traducido en un chiste malo... había una vez un español, un mexicano distraído y una mexicana luchona...






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