local vs. visitante

Es (casi) la primera vez que tengo una novia local y todo es tan (casi) nuevo. 

Pensar que he pasado de estar a 128 km, luego a 90 km,  después a 35 km y finalmente a 4 km de distancia en cada una de mis relaciones me parece una cosa increíble. 

Cuando anduve con Pau me la pasaba pensando en  cómo romper las leyes de la física: ¿cuándo -por fin- podré teletransportarme?, ¿pueden mis brazos estirarse hasta ella para poder abrazarla?, ¿cómo podría adelantar la vida y luego pausarla en una noche junto a ella?... Es claro que al final nadie pudo romper esas leyes y más bien ellas nos rompieron a nosotras. A mí me parecía muy conveniente dedicar los días entre semana para cumplir con mis actividades universitarias y personales y ocupar los fines de semana solo para ver a Pau. Pasar esas horas exclusivamente con nosotras a mi me parecía bellísimo y el tiempo se nos iba como agua. Al final de cada visita sentía que nuestra relación se había fortalecido un poquito más, pero siempre, sin excepción, una parte del corazón siempre se sentía todavía un poquito flojo en cada viaje de regreso, parecía que tenía un huequito de duda que decía ¿recorrer toda esta distancia nos llevará a un nuevo lugar?

Hace poco estaba recordando esta canción. Es de una banda que solía escuchar en la prepa y me gustaba mucho ese disco por el sarcasmo. ¡Ja!



Absence makes the heart grow fonder, 
Fondness makes the absence longer,
Lenght loses my interest, I'm a realist, I'm insatiable...



Cuando anduve con Estefanía (dejando a la física en paz) surgió un nuevo problema: la calidad del tiempo. No teníamos nada formal y eso le quitaba un poco de tensión a estar lejos pero luego esa tensión regresaba al cuadrado cuando pasábamos un mal rato por tener discusiones sobre cualquier nimiedad. Por llegar un poco tarde, por encontrarnos a algún amigo, por toparnos a su ex en la calle... No valía la pena estar más cerca si el tiempo que pasábamos juntas se iba en intentar encontrar un punto medio en una relación amorfa como esa. 

Ahora con Fer, los retos de logística son diferentes. Ya no hay distancias grandes por recorrer y las dos buscamos tener tiempo de calidad. Aunque han pasado pocos meses desde que empezamos, nos hemos acoplado bien a nuestros horarios, a nuestras actividades, a nuestros humores, a nuestra energía, a nuestras situaciones familiares y a las buenas y malas rachas que hemos tenido. Recién me acabo de dar cuenta de una cosa que sucede en ambas y que es muy fácil pasar por alto cuando está: ninguna de las dos damos las cosas por sentado y creo que eso, en cualquier tipo de relación, es rarísimo de encontrar. Para poder estar tenemos que hacer malabares para hacer coincidir nuestros días y horas de descanso, tenemos que hacernos una cobachita del mundo exterior, tenemos que tener siempre los machetes afilados para cortar sin vacilación la maleza a la que le llaman rutina, tenemos que hacernos de una coraza bien dura para no prestarle demasiada atención a las miradas curiosas y a los comentarios u opiniones fuera de lugar, entre otras cosas. 

Algo de lo que más me gusta vivir en esta relación, es que la cercanía geográfica ha dado pie a tener muchas más experiencias y conocer otros aspectos míos y de ella. A mi me ha obligado a manejar mi estrés de diferente manera, a darme cuenta qué tan fuerte puedo ser con alguien y al mismo tiempo qué tan simple y flexible y que aunque coincidamos 5 minutos, esos 5 minutos valen como si hubieran sido producto de una modificación de las leyes de la física.  

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