Andrea

Hace unos meses comencé a dar clases de alemán en preparatoria. La propuesta me llegó de repente aunque ya había merodeado la idea. 

El inicio fue bastante atropellado. Cuando firmé el contrato, una de las clausulas decía: "El maestro deberá limitarse de participar en situaciones escandalosas dentro y fuera del plantel. Aún me sigo preguntando cuál sería una situación escandalosa... luego me enteré que no había un programa ni un libro de alemán, lo cual me da la libertad y el yugo de escoger los contenidos del curso y adecuarlos a casi cada grupo. Habiendo pasado la mitad del semestre puedo decir que me ha obligado a salir un poco de mi zona de confort, a hacerme la piel más gruesa para afrontar el tedio de la rutina e incluso me ha dado una nueva perspectiva sobre la enseñanza de idiomas. Creo que cuando un idioma se enseña a grupos tan numerosos el curso se convierte en algo así como un show de entretenimiento para las masas... en fin. 

Dentro de todas estas cosas nuevas, tener contacto con la nueva generación ha sido... impactante... para bien y para mal. Por un lado, a pesar de que nacieron con la tecnología y con un mundo de posiblidades a un clic de distancia, muchos eligen las mismas cosas que habrían elegido sin contar con esta ventaja. Por ejemplo, la semana pasada caché a una chica viendo Rebelde. 

Por otro lado, ha sido extremadamente interesante observar a las chicas gay. Algunas de ellas, abiertamente gay aunque no tienen demostraciones afectuosas de la misma intensidad que las parejas hetero. 

Una de estas chicas es Andrea. Desde la primera clase me dio una corazonada de que ella podía ser gay. Siempre trae el cabello despeinado, usa unas sudaderas super holgadas, no le preocupa mucho su ropa, carilinda, cejona, extrovertida y muy simpática. Luego, en el chisme de la sala de maestros comentaron que estaba saliendo con otra de mis alumnas. 

Un buen día a la hora de la salida pude presenciar una bella postal. Dos chicas recargadas sobre uno de los muros de la escuela, con la mirada fija la una en la otra, como para hacer desaparecer al mundo, la cabeza inclinada de lado hacia el muro, como para que este previniera que se cayeran en la contemplación. El resto de la gente en la escuela tan ajena y tan cotidiana. Las chicas eran Andrea y Alexia. 

Esta postal de la ternura adolescente me recordó a mi o a lo que me habría gustado que fuera de mi. Aunque nunca algún conflicto al darme cuenta de que me gustaban las mujeres, nunca pude realmente hablarlo con alguien y sentirme comprendida o perteneciente. A decir verdad, el tiempo antes de la universidad fue bastante hostil en ese sentido. Cuando tenía 16, Sofi llegó a nuestro salón desde Puebla. Ella ya tenía 17, un piercing en la nariz, unos ojos hermosos y un cuerpo al que la adolescencia le había sentado perfecto. Ninguna de las otras chicas le hablaba, creo por envidia. Pero yo sí, primero, porque me sentía identificada con estar lejos de casa y estar sola, segundo... porque me parecía atractiva en extremo y aparte de todo era muy amable. Jamás pasó nada con ella, pero yo creo que ella sabía que me gustaba y me trataba con ternura. Mis amigas de ese entonces, siempre me echaban carrilla cuando me veían hablando con ella pero yo apenas estaba desarmando aquella sensación que me causaba Sofía y me sentía muy incómoda y sin espacio cuando mis amigas hacían esos comentarios.

Ahora veo a Andrea y a las otras chicas y me parece increíble que puedan vivir esa etapa sin sentirse como  (totales) fenómenos.


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