Alex


“Alex”
Su mano tomó mi mano y la dirigió hacia sus nalgas al tiempo que bailábamos. No voy a mentir, estaba un poco nervioso porque nunca había bailado así con alguien. Mis manos justo sobre sus nalgas que se movían al ritmo de alguna salsa lenta. Los dos habíamos bebido bastante. Sonia se tomó casi una caguama entera y lo podía sentir en la soltura de sus caderas y en que con cada compás se acercaba más a mi y el sudor de nuestros cuerpos se mezclaba y se evaporaba casi al instante. Yo también había tomado mucho, me tomé también una caguama y varios caballitos de tequila con los otros. Sin embargo, no estaba borracho. Durante la semana había salido con los güeyes casi todos los días a echar tragos y casi todos los días hablamos de Sonia.

La traes bien volada, mi Alex. Nunca habíamos visto a Sonia así por nadie y vaya que tiene de pendejos atrás de ella, pero a nadie le hace jalón. Y tú, que no te aplicas.
No, Miguelito, no hay prisa. Todavía está muy chamaca y seguro está impresionada porque yo no la trato como los otros. Si tiene que pasar algo entre nosotros, va a pasar y el universo nos va a unir.
Ay mi Alexito, siempre tan prudente, no vaya a ser que de tan prudente me salgas joto.
¡¿Cómo crees?! Y hablando de jotos, se te va a calentar la chela, órale, chíngatela.

Sonia ya estaba bien pegada a mí y sus labios buscaban mi cuello. Luego me di cuenta que éramos los únicos que seguíamos bailando en la sala. Los demás estaban dormidos sobre los sofás o ya se habían ido.

Desde mi espalda hasta mi cuello se movieron sus manos y con el valor que da la noche y el espíritu del vino, dirigió mi cabeza hacia la suya y nos besamos, por fin.

Hizo tanto calor que parecía que nos íbamos a derretir entre beso y beso y en un especio de pensamiento fresco me dijo que fuéramos al cuarto. Me tomó de la mano y caminamos juntos a la habitación principal en el segundo piso, lejos de todos.

Seguíamos fundidos y no nos molestamos en encender las luces. Una delgada luz blanquísima entraba a través de la cortina y alumbraba la cama como si fuera una guía o señal.

Yo todavía estaba muy nervioso, era la primera vez que alguien no dudaba en hacer las cosas que Sonia estaba haciendo, era la primera vez que alguien me tomaba como los caballitos con los que Sonia y yo brindamos un par de horas antes, directo y sin pensarlo demasiado.

Nos acostamos y parecía que la noche se estiraba y se estiraba con cada caricia que nos dábamos y finalmente, esas manos, esas benditas manos recorrían mi cuello, mi pecho, mi abdomen, mi… mi mano detuvo su mano bien fuerte y me acerqué a su oído y le dije “Sonia, soy mujer”.

Todavía seguía sonando la música.

Imagínate, que yo no soy yo. Que soy el otro hombre que esperabas ver.

Decía uno de los versos de aquella canción de salsa y las manos de Sonia hicieron otra vez un recorrido hacia mi cuello y mis labios hasta sus labios hasta que la noche dejó de ser noche.






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