Contra la pared

El jueves pasado fui al festival de cine en Guanajuato, el cual me rehúso a citar como debería porque su organización ha sido pésima desde hace varios años a pesar de las facilidades con las que cuenta y el potencial que tiene. 

Sin embargo, no todo ha sido malo y dentro de las cosas rescatables están las películas de los directores a quienes se les hace homenaje cada año. Este año le tocó a Fatih Akin, director turco-alemán. La primera vez que escuché hablar de él fue hace unos meses, cuando mi hermana comenzó a investigar sobre la cultura turca y el traslape cultural con Alemania después de tener un romance -precisamente- con un turco-alemán. Siempre me han parecido increíbles las maneras en las que buscamos seguir conociendo y conectando con las personas que son trascendentales para nosotros.

Esta película se trata de Sibel y Cahit. Ambos turcos que viven en Alemania. Sibel quiere escapar de las tradiciones religiosas que -a pesar de estar en otro país- siguen teniendo el mismo peso sobre la familia. Cahit un vagabundo deprimido a quien sólo le pasa la vida. Sibel decide que la única manera de escapar de su casa es fingir un matrimonio con un turco. Conoce a Cahit y le propone matrimonio.



Estas historias de identidades híbridas, de identidades que no son ni de aquí ni de allá y al mismo tiempo son de todos lados siempre tocan una parte muy sensible en mi. Mis padres tuvieron que salir de sus lugares de origen para buscarse mejores oportunidades. En esa búsqueda, mi hermana y yo nacimos en un lugar, crecimos en otro y nuestra familia estaba en otro diferente. Ese sentimiento de hogar es algo amorfo para mi. Y aunque no es una historia de vida poco común, intuyo que todos a quienes nos ha tocado así nos hemos hecho más o menos las mismas preguntas: ¿cómo se sentirá ser de un lugar?, ¿cómo se sentirá reconocer ese lugar como tuyo? y ¿cómo se sentirá reconocerte en ese lugar?

A pesar de que todas esas preguntas siguen siendo poco menos que un misterio para mí, también es verdad que todo eso ha sido un trampolín para buscar mi sentido de pertenencia de otras maneras. He podido llegar a cada nuevo lugar con menos prejuicios, sin tantas comparaciones y también, desde hace unos cuántos años me he permitido construir mi propio hogar en algunas personas y es aquí donde se cruza mi historia con la de la película. Sibel y Cahit finalmente reconocieron que encajaban en cada uno y de alguna manera comenzaron a (re)construirse a partir de eso.

Una de las escenas que más me impactó fue esta. Aquí Cahit se da cuenta de que está enamorado de Sibel y la escena muestra perfectamente el estruendo y la belleza del enamoramiento, ese tan comentado rayo. Ese momento en el que te reconoces impotente, vulnerable, rendido y a pesar de todo, dichoso. Justamente, contra la pared.

Hace mucho que no me sentía tan identificada...



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